Espectros de la dictadura

Una reseña de El agente secreto (Kleber Mendonça Filho, 2025).

POR Juan David Almeyda Sarmiento

Marzo 12 2026
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Un cuerpo se pudre frente a la gasolinera São Luiz, en la carretera que da acceso a Recife, Pernambuco, en el nordeste de Brasil. Marcelo –cuyo nombre real es Armando– se detiene ahí con su escarabajo amarillo, un Volkswagen Fusca 1300 modelo 1972, para poder cargar gasolina; el dueño le dice que no se preocupe, ya que el difunto es un ladrón al que le dispararon el domingo y ya llamó a la policía, aunque, debido al carnaval, la respuesta se está demorando más de lo normal. El año es 1977. El auge del famoso “milagro económico” brasileño está declinando bajo la administración de Ernesto Geisel (1974-1979). La dictadura que atraviesa el país cumple 13 años y no terminará hasta 1985.

Mientras el dueño se esfuerza por espantar a los perros que rondan el maloliente cadáver –tapado apenas por cartones–, llega la policía de carretera. Los agentes, en lugar de atender el llamado por el muerto, se detienen ante Marcelo. Tras una inspección en la que lo intimidan –aun tras tener todo en regla–, él les entrega una caja de cigarrillos como soborno para que le dejen continuar su camino a Recife. Mientras avanza por la carretera, en la radio comienza a sonar “If You Leave Me Now” de Chicago. Estos son los primeros minutos de O agente secreto (El agente secreto), la cinta más reciente del director pernambucano Kleber Mendonça Filho. 

La película, estrenada en el Festival de Cannes en 2025, es una cinta política, protagonizada por Wagner Moura, que se enmarca en lo que podríamos llamar “neo-noir”. Este filme representa la culminación de la trayectoria de Kleber Mendonça Filho, pues sintetiza y lleva a un nuevo nivel elementos clave de su filmografía anterior –como lo son Aquarius (2016), Bacurau (2019) y Retratos fantasmas (2023)–. El resultado es una experiencia compleja para el espectador, que puede desglosarse en dos capas: una película que es parte del legado del cine brasileño que ha explorado la dictadura de dicho país, y una exploración de temas específicos que atraviesan a la sociedad brasileña, como la memoria, el duelo y la violencia. 

La primera de estas capas conecta a El agente secreto con la ganadora del Óscar a Mejor Película Internacional en 2025: Aún estoy aquí de Walter Salles. Al igual que el trabajo de Salles, el filme de Mendonça Filho se inscribe en el compromiso histórico del cine brasilero por trabajar el tema de la dictadura que vivió el país entre los años 1964 y 1985, un compromiso que se remonta, incluso, al cinema novo. Este hecho histórico generó una fractura en el país de tal magnitud que, aún hoy, sigue siendo objeto de estudio y de debate. Dicho proceso se ve complejizado principalmente por los negacionismos y las tergiversaciones de los actores clave que participaron en dicha dictadura: las fuerzas militares y las grandes empresas. 

La película de Mendonça Filho se inserta entonces en una tradición cinematográfica que, a través de historias personales, teje los múltiples hilos que constituyeron al Brasil de la dictadura. Ejemplos emblemáticos de esto son, por nombrar dos casos, Pra Frente, Brasil (1982) de Roberto Farias y Terra em Transe (1967) de Glauber Rocha. Cabe señalar que, contrario al trabajo de Selles –basado en hechos reales–, O agente secreto es una película radicalmente ficcional. Esta condición le otorga mayor libertad artística para explorar formas más creativas de narrar, sin que ello implique un compromiso político menor con la tarea de mostrar los matices que posee un hecho tan complejo como la dictadura brasileña.

Sin necesidad de entrar en muchos spoilers, se sabe desde el comienzo que Marcelo/Armando es un perseguido que entró en la clandestinidad. Al llegar a Recife –otra protagonista de la película de Mendonça Filho– debe vivir con otros “refugiados” en la casa de doña Sebastiana, uno de los contactos de una red de resistencia que opera dentro del país. El objetivo del protagonista es escapar de Brasil con su hijo Fernando. A lo largo de este viaje, el espectador es testigo de cómo el entorno de Marcelo/Armando está permeado por la corrupción política y empresarial, así como por una violencia y precariedad económica y social generalizadas. 

En este punto, la película revela una dimensión importante de la dictadura brasileña que suele omitirse –en gran parte, debido al relato ya mencionado del “milagro económico”–: el hecho de que la dictadura no fue solo un fenómeno que involucró al Ejército, sino que implicó la participación de las grandes empresas como parte de lo que fue un régimen militar-empresarial que buscaba mantener el control del país para beneficiarse. 

Esto resulta crucial, pues el verdadero villano de la cinta se aloja, en parte, en ese enemigo que el “milagro económico” ayudó a encubrir: una élite que prospera gracias al crecimiento numérico y al alza de cifras macroeconómicas, mientras el desarrollo real deja de lado a la mayoría de la población, algo todavía más evidente cuando se presenta en la cinta, de forma directa, la división clasista y racista que existía (y persiste) entre el nordeste y el sur del Brasil, siendo el primero históricamente estigmatizado como menos civilizado y desarrollado que el resto del país.

De ahí podemos acceder a la segunda capa del filme, aquella que se centra en temas específicos. Nuevamente, con la idea de limitar los spoilers, puede decirse que la cinta teje una historia donde los simbolismos y las representaciones aluden tanto a la vivencia de los personajes como a los elementos ajenos a su trama. Es el caso de la espacialidad de Recife, la cual encarna, en sí misma, una narración poderosa: el Cinema São Luiz, el litoral nordestino, el carnaval, la universidad, etc. Son lugares que están cargados de una historia que va siendo contada en la medida en que el espectador se ubica en dichos espacios. 

Ahora bien, siendo más concretos, O agente secreto desarrolla un eje fundamental en el que se trenza la memoria, el duelo y la violencia. La primera de estas líneas se despliega a través de la investigación en el presente del caso de Marcelo/Armando, la cual se basa en las grabaciones de los distintos actores que participan en la clandestinidad para sacar al protagonista del país. La historia del caso se va reconstruyendo en el tiempo presente para desmentir la visión oficial que lo pintaba como un profesor universitario corrupto y restituir su lugar como un investigador que creo una patente de batería de litio que aportó en gran medida a la ciencia del país. Sin embargo, la investigación se encuentra entre muros y callejones sin salida, que condenan el caso a ser archivado y, al final, prácticamente privatizado. 

Del mismo modo, existen dentro de la cinta espacios de memoria viva. El hogar de doña Sebastiana opera como un archivo humano, puesto que todos allí compartían la misma condición de perseguidos por el Estado. Por eso, el encuentro entre ellos se torna en un ritual fundamental: todos tienen nombres diferentes para protegerse y, a su vez, sus historias han sido cambiadas para evitar saber más de los otros; aun así, conviven hasta develar su verdadera historia. En este contexto, el contacto que surge allí es el último resquicio de humanidad para muchos de ellos. 

Por su parte, el instituto de identificación en donde comienza a trabajar Marcelo/Armando le brinda una oportunidad única: buscar la información perdida de su madre, de quien no tiene ningún documento. Esto transforma la trama personal del protagonista, que deja de ser únicamente la de un hombre que intenta huir del Estado para convertirse también en la búsqueda de una respuesta sobre su propio pasado personal en los oscuros y opacos archivos gubernamentales.

De cualquier manera, el duelo que carga Marcelo/Armando junto a su hijo Fernando es por la madre de este, Fátima, fallecida a causa de una neumonía. No obstante, algo que realmente motiva a Marcelo/Armando es un impulso de venganza personal por una ofensa acontecida a su esposa. Esta necesidad es tan imperiosa que lo lleva a cuestionar la huida del país para enfrentar la situación que se está dando con la difamación de su nombre y su persecución política. Fernando, por su parte, deberá afrontar otro tipo de duelo sobre el final de la cinta, el cual terminará por definir el destino del propio Marcelo/Armando. Este duelo trasciende lo meramente individual para insertarse en un panorama mayor frente a los esclarecimientos de la memoria colectiva posterior a la dictadura en Brasil. 

La violencia, por su parte, se expresa en el filme a través de distintas dimensiones complementarias: estructural y cotidiana, directa y psicológica. Por un lado, Marcelo/Armando está siendo perseguido injustamente por la maquinaria del régimen militar y empresarial que lo quiere desaparecer por el simple hecho de hacer ciencia abierta y libre; por otro, esta condición de forajido lo pone ante un exceso de presión, estrés y ansiedad que lo empuja a un estado cada vez más precario de vida. 

La búsqueda de Marcelo/Armando en Recife por parte de los policías corruptos y los asesinos contratados trae consigo un señalamiento tanto de él como de la familia de su esposa –quienes se ocupan de cuidar de Fernando mientras pueden salir del país–, así como de las demás personas que conforman la red de asistencia que lo protege. Aquí, la corrupción se presenta como parte del proyecto nacional de la dictadura brasileña e implica tanto privilegios económicos y sociales para quienes sean más allegados al régimen como una estructura criminal que permite la eliminación extrajudicial de quienes sean considerados enemigos del Estado. 

Finalmente, hay que considerar al Cinema São Luiz como otro tema particular, ya que tanto el cine como las grabaciones de voz del caso de Marcelo/Armando tienen la misma función: capturar la imagen de alguien (o algo) y transformarlo bajo la idea de que dicho material será visto mucho tiempo después. Esto último, incluso, se basa en las propias palabras de Kleber sobre cómo entiende el cine: el Cinema São Luiz es el espacio donde se graba a Marcelo/Armando y su relato, haciendo que se cristalice su historia para el futuro y trascendiendo su propia condición actual hacia un porvenir al cual aún no ha llegado. Este lugar presenta además una imagen del pasado en el presente, cumpliendo casi que la misma misión del cine. El Cinema São Luiz, entonces, no es solo el lugar de trabajo del suegro de Marcelo/Armando, sino un espacio en el que se crea una memoria espectral que luego será retomada por un par de investigadoras en el presente.

Así, O agente secreto es una poderosa síntesis de distintos elementos estéticos y temáticos en la que se encarna una visión de lo que sería el cine político brasileño. Inicialmente, es una alegoría clara al cinema novo que surgió en dicho país, así como a la fuerte tensión paranoica que se puede ver en el thriller político de los años setenta –como El conformista de Bertolucci– para poder, finalmente, advertir una fuerte mirada reflexiva frente a la memoria, algo propio del cine contemporáneo. La cinta no es un simple retrato de una persecución del pasado; dicho pasado funciona como un modo para poder diagnosticar heridas del presente. Por eso la función de las grabaciones es fundamental, ya que son ellas los documentos que sirven de puente espectral entre la historia en el pasado de Marcelo/Armando y el presente que requiere respuestas. 

La memoria oportunamente acomodada, la forma en que la violencia muta y la dificultad para cerrar una deuda con el pasado que un poder sistémico se esforzó por cerrar son esos elementos que retornan sobre el final de la cinta de Mendonça Filho. Quizá por eso Fernando se obsesiona con querer ver en el cine Jaws de Steven Spielberg a pesar de tenerle miedo: porque el tiburón representa esa figura depredadora que se mueve a lo largo de la cinta y que quiere devorar a su padre. Y por eso el propio Marcelo/Armando queda aturdido por la imagen del cuerpo pudriéndose al sol, porque sabe que él puede ser el siguiente, quedando como un simple cadáver en los anales de la historia de una dictadura que lo borrará.

El agente secreto se presenta así como una película que no solo busca presentar una imagen del pasado, sino que utiliza el artefacto cinematográfico del mismo modo que el Cinema São Luiz: para traer al presente una memoria espectral. Un tipo de memoria que, al igual que el cadáver en la gasolinera y el propio Marcelo/Armando, está ahí para ser algo más que un actor pasivo. Por medio de la cristalización de su imagen, busca convertirse en un acusador permanente de un régimen cuya verdadera naturaleza –una alianza depredadora entre el ejército y las empresas– pareciera que aún se resiste a ser enterrada.

ACERCA DEL AUTOR


Profesor universitario e investigador. Cursa el doctorado en filosofía en la Universidad Federal de São Carlos (Brasil). Ha sido docente en pregrado y posgrado en la Universidad Industrial de Santander (Colombia). Se especializa en filosofía contemporánea, política y psicoanálisis. Investiga sobre subjetividad, neoliberalismo y la relación cine-sociedad. Es autor de los libros Hacia una ética del jardín y Subjetividad salvaje.